Soldado

El frio entumecía sus dedos, no era un día más, este sería el decisivo para él  pero no lo sabía. Llevaba seis meses en esta guerra que, según ellos, no tenía sentido. Entre las montañas, con picos helados, se escabullían de aquellos soldados, se atrincheraban entre rocas que solo los cubrían de las balas intermitentes pero no los protegían del frio. No sentían sus cuerpos. Él era un joven, muy joven, llamado a defender la patria, la bandera y los intereses de los fronterizos, estancieros llenos de tierras, animales y dinero; estaban también los petroleros pero ninguno se encontraba allí para defender los colores de la bandera, ninguno estaba ahí para defender sus animales o pozos petroleros. Jóvenes valientes, como serpientes se arrastraban entre filosas piedras, sobre cortante escarcha y petrificante nieve. Su rostro estaba cansado al igual que todo su cuerpo pero su mente, convencida de que era correcto defender su país aun cuando pensara que la guerra que se peleaba era sin sentido, estaba viva.

Corre por el lateral de un cerro en busca de una posición para disparar su viejo fusil, se tropieza y cae sobre una roca que le pincha el culo. No grita para cuidar su posición, pero duele. Continua, ahora, arrastrándose bajo el esqueleto de un árbol y encuentra un lugar donde cubrir a fugo a sus compañeros. Toma sus larga vistas y ve un puesto de tiro, el único de la zona, que los tenía a mal traer. Sin pensarlo dos veces apunta, tiene a un joven de su misma edad en la mira. Son tres los que están junto al cañón. Dispara y pega en la cabeza del contrincante matándolo en el acto, los dos compañeros de aquel giran el cañón y buscan entre los picos al verdugo de su amigo. Vuelve a apuntar y dispara pegando en el pecho una bala que daña de muerte a este otro joven. Desesperado el sobreviviente levanta un trapo rindiéndose. Tira su arma y el percutor del cañón, pone sus manos en la nuca a la espera de su adversario vencedor. De entre el cerro ve bajar a un joven con su fusil apuntándolo, espera temeroso la llegada de aquel. ¡Al piso extranjero puto! Grita seguro al mismo tiempo que escucha por detrás ¡solta el arma pendejo!, estaba rodeado. En ese momento por su cabeza camina la idea de la muerte, más aun, la de suicidarse antes que caer prisionero. Pero no, no muere. Lo tiran al piso, entre puteadas y patadas. Le atan las manos y lo llevan a la cueva. Lo interroga el soldado a cargo del grupo, en esas inmensidades no había cargo alguno, intentando sacar información pero como ellos él no sabía nada.

Le desatan las manos y le dicen “dentro del campamento hace lo que quieras pero tenes prohibido escapar”, porque no lo mataban, porque no lo encerraban, porque no lo torturaban. Está bien, estaban todos iguales pero él había matado dos de sus hombres.  Así, llego la noche, fría, su primer día de cautiverio no había sido tan malo, sin embargo saberse preso, por el enemigo, era una pena mucho peor que estar tras las rejas, si bien el era uno más dentro del campamento las miradas penetrantes se fundían en su cuerpo. Aunque tenía libertades estaba preso. Le costó dormirse pero lo logro, le costó más por el frio que por otra cosa, pero a la mañana siguiente se dio cuenta que había conciliado el sueño.  Se despertó con los primeros disparos  del alba, esos que parecen de sueño. En ese momento del día la realidad se mezcla con aquellos y cuesta caer en cuenta del lugar donde se estaba. El universo es infinito y nos encontramos en un lugar que hasta la vida finita se hace más corta, pensaba recurrentemente. Uno de los soldados que lo mantenía cautivo le alcanza el desayuno, pobre en todos los sentidos pero desayuno al fin, no era distinto del de ellos, no había diferencias. Cerca del mediodía lo invitan a salir a la luz, sin esposarlo o atarlo, lo acompañan al exterior de la cueva, el olor a pólvora de cañón se mezcla con el del hielo. Aunque la nariz, en esos momentos, no es de fiar. Se escuchaban las conversaciones de los soldados, como murmuros de la montaña y se lograban percibir gritos en la base del cerro, donde se hallaban sus compañeros. ¡Bomba!- se escucha- Y todos al suelo, caen por acto reflejo cubriendo sus cabezas, con la infantil sensación de que eso los salvara si cayera sobre ellos. Estúpidos pienso yo desde la lejanía. Como si una mano, un casco de lata y un chaleco los salvara de la bomba. Pero en esos momentos ni él ni ellos pueden hacer otra cosa.

Ya era la tarde, habían almorzado arvejas y salchichas, todo un lujo cuando se viene comiendo pan y sopa. Esa ración debía hacerlos llegar con fuerzas hasta la cena. Algo que, a diferencia de su bando, no escaseaba en las alturas era el cigarrillo. Cuando lo hicieron prisionero le preguntaron si fumaba, “claro que fumo, si no me mata una bala me mata el cáncer” dijo esbozando una sonrisa de nerviosismo. Le regalaron dos atados de puchos que debía racionalizar por no saber hasta cuando debían durarle. Se sentó tras una piedra esperando algo, lo que sea. Pensó en escapar pero las posibilidades eran nulas. Pensó, nuevamente,  suicidarse pero no era algo muy llamativo. Decidió esperar a ver como acontecían los hechos.

Llevaban un buen tiempo peleando y ya no había muchas ganas de continuar, el cansancio se hace sentir de los dos lados.  A la espera de que los pelotudos que los mandaron ahí se den cuenta de su error ellos disparaban sin cesar su cañón y los compañeros de él sus fusiles. Tenían cañones pero era como escupir al techo. Si no le cae en la cara le cae al costado. Todos los involucrados en la lucha sabían que no podía extenderse mucho mas, no estaba bien definido quien iba ganando y menos en ese inhóspito puesto fronterizo. Cada lado estaba convencido de su victoria. Debemos hablar de la cantidad de soldados de este paso, puesto que demostrara la estupidez de la situación. Aquí ellos contaban con quince soldados menos dos bajas que él produjo quedaban trece; su grupo eran doce pero quedaban once por una baja.  En una radio se escucha que se está por firmar la paz, nada dice de vencedores y vencidos. No los habrá por el momento. A él se le ocurre una idea, de demente por cierto, yo que la conozco no me hubiera atrevido a proponerla pero él lo hizo. Llamo a su guardia y le pido hablar con el jefe del puesto, fue llevado hasta él. Se planto y le sugirió “ya que esta guerra de mierda esta por acabar y la situación en este lugar no va a cambiar porque no me permite hablar con los míos para que dejemos de disparar desde ambos lados y nos quedemos a la espera del fin. Sabe usted que pueden disparar y los míos también pero consideremos que en tanto tiempo solo ha habido tres bajas  y no tiene sentido. Permítame hablar con ellos o por lo menos mandar mi propuesta por escrito. ¿Qué le parce?”, en un primer momento debo asegurar creyó que estaba loco pero lo pensó detenidamente y la idea era lo más razonable que había escuchado desde que comenzó el combate. El jefe dijo “escriba esa idea en un papel y se la enviaremos a los suyos”. Así fue, pasó lo que restaba del día escribiendo hasta la hora de la cena. En ese momento el jefe le pregunto si ya estaba hecho a lo que él contesto afirmativamente. “será enviada por la mañana, pero primero debo leerla” dijo el jefe. La leyó y abajo escribió lo siguiente “…no significa que ustedes o nosotros no rindamos, solo es un pacto razonable a la espera del fin… espero su respuesta afirmativa…” y firmo.

Salía un grupo de tres jóvenes con la carta y un cometido lograr que no los mataran en el intento. Logran hacer contacto con un guardia y le entregan la misiva. Este la lleva a su superior quien la lee y grita ¡boludos!, aunque la idea es original no creo que sea conveniente. Llama a su segundo y le consulta que le parece, este contesta que sería bueno dejarse de joder, esto no terminaba en nada. Para que seguir arriesgando todo.  El jefe escribe algo en un papel y se lo hace llegar a los tres jóvenes que salen apresurados montaña arriba.  Devuelta en el campamento entregan al jefe de ellos el papel quien piensa que la respuesta será negativa. Se mete a la cueva y él mira sin entender que pasa. Porque no le dicen que es lo que pasa. Logra hablar con uno de los tres jóvenes que bajaron y le pregunta cómo estaba el campamento abajo, no le mintió le dijo que estaban bien, como nosotros. De repente sale el jefe con su ropa de gala y un grupo de tres hombres. Lo llama y le dice que se encontrara con su jefe, le pregunta si quiere que le diga o de algo, este contesta que no. Y salen, los cuatro, caminando  hacia abajo. Todos se apostan para ver qué sucede. En la meseta se había plantado una carpa con la cruz de hospital en signo de “paz” donde entraron solos los jefes. Era el horario del almuerzo y eso hacía dentro de la tienda hospitalaria. Como a las cuatro de la tarde el jefe de ellos sale nuevamente hacia arriba.

Nada se dijo hasta la noche. En la cena el jefe anuncia que el campamento será trasladado hasta la meseta. Nos juntaríamos con los de él. El trato era que nadie atacaría, ni ocuparía lugar alguno y esperarían así hasta el fin. Si por algún motivo el fin no llegara volverían a sus puestos pero sin disparar y si de algún órgano superior llegara la orden de tomar el puesto del otro, serán avisados de que se comenzara a disparar. Cualquiera que no cumpliera con este trato será acusado ante los tribunales internacionales por  traición. Se había estipulado, también, que en los días de aprovisionamiento volverían a sus campamentos, para no levantar sospechas, porque aunque el trato era razonable, nadie quería quedar como desertor. Cada lado avisaría de este trato a sus hombres quienes debían estar de acuerdo y a los campesinos de la zona que los ayudaban, para darles seguridad.

El día de aprovisionamiento era esperado por los dos lados, venia la comida, los cigarrillos, la correspondencia y las enfermeras, que en este lugar sin heridos ahogaban las penas de los soldados con sus cuerpos. Como habían acordado en ese día volvían a sus puesto originales y tirarían salvas para despistar así lo hicieron mientras se desahogaban, bebían y fumaban. Una fiesta eran esos días. Soldados de ambos lados cometieron el error de informar de su situación a las enfermeras, que decidieron quedarse en esa zona, no todas solo cuatro de las que venían. Sin mucho que objetarles las dejaron quedarse. Él trataba de que una de las enfermeras de ellos fuera solo suya, era hermosa, inteligente y joven. Ella le retribuía sus piropos y su respeto con cariñosos besos. Volvieron a levantar el campamento conjunto. Los encargados de ambos bandos habían recibido la noticia de que había tregua. Había llegado el fin. Prontamente serian todos avisados para volver a los cuarteles. Él y ella ya habían logrado ponerse de acuerdo, ya eran más que desconocidos y las largas charlas que les permitía el tiempo de sobra les había ahorrado mucho tiempo. Ella había hablado con un campesino de la zona y se quería quedar por esas latitudes tranquilas. El campesino le aseguro que sola no podría sobrevivir tranquilamente, sin pensarlo mucho, le propuso a él que se quedara. El tampoco lo pensó mucho y decidió que si, se quedaría.

Dos días más tarde llega la orden de regresar a sus cuarteles, la guerra  había llegado a su fin. Él debía volver al cuartel antes de volver con ella porque sino sería considerado desertor. Así fue ella quedo en un rancho junto al del campesino a la espera de él. Los soldados se despidieron de sus pares contrarios, intercambiaron cosas y se marcharon. Él la despidió con un beso apasionante y prometió pronto regreso. En camino hacia el cuartel el jefe le dijo que no habría problema y que en menos de diez días estaría de regreso. Le debían la vida a ese soldado por su buena idea por lo que nadie del grupo impediría que regresara. Llegado al cuartel pidió la baja, fue condecorado y regreso a toda prisa, el viaje se le hizo eterno pero al fin llego. Habían pasado dos semanas y ella todavía lo esperaba. A su llegada se amaron como en los primeros días. Eran de distintos bandos, hacia solo tres semanas se disparaban pero ya no. Por eso es sumamente estúpida la guerra. El campesino los ayudo y les vendió unas tierras se aprovisionaron con cosas que habían quedado en el campamento de guerra y vivieron bien. En un lugar inhóspito, un paso fronterizo, atacado por bombas y balas y machado con sangre, poca, pero sangre al fin. Pasaban los días disfrutando de sus jóvenes vidas que aunque finitas el amor hacia más largas. Nada les falto, de lo necesario, tenían todo cuanto necesitaban. La guerra termino, él logro que para ellos terminara antes, pero ya había terminado para todos. Los idiotas no aparecieron a agradecer pero no importaba. Él estaba feliz, la guerra había terminado.

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