Una mañana nublada

Una mañana nublada, un sol que se esconde entre grises nubes que flotan en lo alto. Pequeñas y frías  gotas caen del cielo, aceleradas por la gravedad, golpeando en mi rostro. Camino despacio por un sendero de arena que me dirige a la playa. Solo camino entre caracoles y piedras. El sol no tiene fuerza suficiente para imponérsele a las nubes y sigue, por lo tanto, escondido tras ellas.

Es un paisaje hermoso, un viento suave acaricia mi rostro. No existe, aquí, hipocresías, mentiras, culpas o culpables. No existen sentimientos de ira, de rencor, de injusticia. Camino con la tranquilidad y paz que la playa, el mar y las olas me regalan. Camino lentamente, casi deslizándome, flotando sobre la mojada arena.

A lo lejos unas rocas  forman una escollera, que se mete al mar unos metros, me invitan a detenerme sobre ellas. Sentarme y dejarme alcanzar por las gotas fuertes de las olas que contra ellas chocan. Me siento como si estuviera en una isla, desierta, sin nadie en rededor. Cierro los ojos y me dejos llevar por hermosos pensamientos de saber que, aunque con errores, no soy tan malo. Ese paisaje me enseña que, en realidad, la maldad es otra cosa; que el rencor, la acusación, la culpa, los errores mismos son consecuencia de experiencias que pueden, o no, ser placenteras; experiencias de las que uno, sentado en un hermosos paisaje como este, debe aprender.

Sobre estas frías rocas, sentado, salpicado por el mar, me disculpo con la inmensidad del universo por las causaciones de efectos no queridos, no pensados, no esperados. Es la naturaleza la que acepta mis disculpas y, reconozco esto porque, me deja apreciarla en toda su grandeza. El mar se tranquiliza, las olas rompen suavemente sobre la orilla, la arena se deja desplazar lentamente por el viento. Las nubes comienzan a disiparse y el sol empieza a recuperar lugar, sus rayos bajan desde lo alto, como rayo de Zeus, apuntando mi rostro.

Pasan las horas y ya me encuentro tranquilo, lleno de paz, y emprendo el regreso. Me despido del mar, de las olas, de las rocas; las caracolas repiquetean entre mis dedos. Camino por un sendero que me dirige al lugar donde comenzó mi recorrido. Camino sobre tibia arena. Mi cuerpo se deja llevar por la brisa, me siento flotar.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s