Tango

Pongo de fondo, y mis oídos, Libertango, escuchan. Esa melodía hace bailar mis dedos, se entrecruzan, ochos y piruetas, sobre el teclado. Se detienen en las esquinas y se miran, con la música empiezan a danzar velozmente. Ese tango, ese bandoneón me hace estremecer, mis dedos corren, danzan sobre el teclado. Me dejo llevar por la música, cada compas es una letra, escribo a su ritmo me lleva.

Es ese el tango, es esa la música, es ese el latido que me motiva. Mis dedos son sensuales como pareja de baile, uno con traje, impecable, los otros con vestido, negro, al cuerpo y tacos. No se pisan, no se pegan, bailan danzan, se arquean.

Llora el bandoneón, grita en cada suspiro. Su garganta arenosa, su pena. Llega todo eso a mis oídos. Pongo en pausa la música y mis dedos inmóviles esperan, nuevamente, el comienzo. ¡Ahora! Música y los dedos agiles, acompañan bajo la mesa mis pies inquietos que dibujan una base de ocho y se ponen locos. Es todo mi cuerpo. El bandoneón que no para.

Esas pausas agonizantes, esos cortes tajantes esos idas y vueltas. Esas melodías. En mis ojos las lágrimas se amontonan, esa pena tanguera se transmite a mi alma, mezcla con una emoción de arrabal. En mi mente ahora danzan ideas e imágenes.  El tango “tranquiliza” pero siento que viene y llega otra vez. Esa melodía que en mi alma me renueva, me apena y alegra.

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