Capitalismo (?)

(…) se escucha un tiro, solo un tiro. El aire dentro del piso se corta con un alfiler, gotas de sudor se suicidan de las frentes blancas de los empleados. El ruido ha venido de la oficina del gerente. Las miradas cruzan de lado a lado de la habitación infestada de papeles, del techo bajan tubos fluorescentes que parecen flotar a un metro del cielorraso blanco. Del baño salen dos personas arreglando sus ropas, un hombre y una mujer, que han escuchado el estruendo y no entienden nada; nadie o casi nadie entiende nada. Del box más próximo al ascensor, al otro lado de la gerencia, sale caminando con  firmeza admirable una joven preciosa, de 27 años de edad, cabellos obscuros, cuerpo delgado, tonificado, vestía ropa de oficina. El paso era triunfal, sus largas piernas se cruzaban delante y sus cadera se meneaban lado a lado, sabía bien que sucedía.

Habían sido días terribles en la bolsa y los accionistas e inversionistas estaban, en su mayoría, aterrados; los corredores histéricos y en un estado de continua depresión por la presión a que eran sometidos. Dentro del piso había 30 boxes y en cada uno de ellos un corredor, pantallas con gráficos, cuadros, impresoras perpetuas de formularios continuos infinitos, el ruido de teléfonos e impresiones era permanente, voces gruesas, finas, suave y los gritos eran interminables y parte del paisaje.  En el extremo opuesto al ascensor dos oficinas una la gerencia, donde el gerente prácticamente vivía, y la otra era la sala de reuniones. No solo estos días habían sido terribles sino el año había sido malo, la desconfianza en el mercado era reinante y los buitres andaban sobrevolando las presas dubitativas. Nadie sabía, por estudioso que fuera, con certeza –si se puede hablar de certezas en este ámbito- que sucedería.

La joven caminaba indiferente, parecía no temer lo que encontraría detrás de la puerta, y así fue. El tiro salió del revolver que en su mano tenía el, también joven, gerente. Se había volado la cabeza de un disparo. Una par de señoras –no había muchas mujeres, si las suficientes- comenzaron a gritar con desesperación a las que ELLA ordeno callarse.

-“Vos llama al hospital y vos a la policía” señalando a quienes ocupaban los  dos primeros boxes, y comenzaron a escucharse voces que explicaban lo sucedido.

Un joven se acerca y le dice: – “¿y nosotros que hacemos ahora?”

-“Sigan llamando, vamos, sigan trabajando. No paren para nada, utilicen esto.” Mientras agarra el teléfono celular del difunto y comienza a llamar a los accionistas.

Pasada media hora el piso es un caos, como siempre  pero distinto, llamadas de accionistas, inversionistas, medios periodísticos en la puerta, la policía, médicos forenses. Todo era gritos, ruido. Gente se chocaba, entraba y salía del piso. Ella entraba y salía de la oficina del gerente, tomaba papeles, dejaba papeles, respondía consultas. Organiza una reunión en la sala para coordinar los pasos a seguir. A la hora recibe un llamado:

-“Nena quedas como gerente, hacete cargo”… tu, tu, tu… cortaron.

No había tiempo para llorar al suicida, no había tiempo para festejar el ascenso. Así es el mercado, así es el capitalismo, crudo, indiferente, para nada sensible. Pero así también es la vida, no hay tiempo, es decir, hay tiempo pero este se acaba y todo sigue igual, habrá quien se sienta dolido, paralizado, excitado o lo que fuere que sintiera pero la VIDA no se detiene, no espera, no respeta, no quiere, no festeja es simplemente vida y le toca a cada quien vivirla como quiere frente a la mirada indiferente de ella.

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