El ascenso

Se divisan las sombras de árboles gigantescos desprendiendo sus raíces de bravo suelo. Entre el follaje dos grandes árboles se hacen lugar y caminan sobre el poco césped, allí donde la obscuridad no logro vencer a la luz. Caminan como lo hacen los gigantes, con pasos largos, lentos, más que lentos, suaves. Parecen flotar y una espesa niebla hace del paisaje un lugar bellísimo.

Cerca de allí, en las orillas del bosque, un anciano que como todo anciano lleva su blanca cabellera algo alborotada por el viento. Un jovial anciano que con un viejo hacha hace leña del árbol caído. Es temprano, es invierno y hace frio. El con sus ropas de lanas y cueros hace frente a ese presente. Vive solo a la orilla de ese bosque, bueno solo es un decir pues hay un sinfín de seres que acompañan a este anciano.

La espesa niebla va abriéndose  paso entre troncos y cerros, dentro de ella los dos árboles siguen firme su tranco. Se encuentran a escasos metros del viejo y detienen la marcha. Observan con cuidado como realiza las actividades este hombre. Los grandes árboles se esconden tras otros, se tuercen, se doblan, se agachan. Se miran entre ellos, se hacen señas, no hablan.

El anciano, ya llegada la media mañana, detiene el trabajo y con el parece detenerse el tiempo. Se sienta fuera de su cabaña en un banco recubierto en cuero, su grisácea barba y el bigote amarillento por el tabaco hacen de chimenea al humo de su pipa. Artesanal pipa hecha de roble cuando este ya había muerto, con errores, mejor dicho, detalles de imperfección que la hacían perfecta. El anciano no pensaba en nada y al hacerlo pensaba en tantas cosas. Hacía ya dos décadas que estaba solo.

Los arboles corren de sus frentes las ramas que perturban su vista. Dos ardillas corretean entre sus raíces lo que incomoda el espionaje, observan mientras patean a los roedores. Ya la niebla se ha ido por lo que los movimientos deben ser compañía del viento para que no sean descubiertos y por esos días viento sobraba por lo que estaban cubiertos.

Luego de haber fumado y tomado un té caliente fuera de la casa el anciano toma una mochila verde, ya muy claro por los años, con correas marrones y cordines de cáñamo. Su bastón acompaña sus firmes pasos, sin saber quién da seguridad a quien. Comienza la travesía, al llegar a la base del cerro se calza las raquetas por la nieve que ha empezado a acumularse lo que hace que deba levantar sus pies un poco más de lo normal.

Los árboles se ven obligados a caminar cerca del precipicio, corriendo riesgo su vida y su misión. No serían los primeros en perecer en el intento, van tratando de juntar nieve en sus copas pues cada vez más altura, cada vez menos verde pero van y van contentos, admiran su objeto. Lo observan con el asombro con que se observa a un anciano caminando sobre un cerro nevado.

Ya se va haciendo tarde y como en esas zonas en estas épocas obscurecen más temprano el viejo decide comenzar el vivac, un refugio mínimo para pasar la noche. Colgada de su mochila una pala pequeña y sencilla le provee la ayuda que necesita, cava una zanja de metro y medio por dos metros y casi cincuenta centímetros de profundidad, en uno de los extremos hace un peldaño. Saca de su mochila un poncho y con el bastón en el centro improvisa el techo. Saca el hornillo a alcohol muestras sobre uno de los lados del vivac cava un hoyo y con yesca y ramillas prende el fuego.

Los árboles, más tranquilos ya, pues la noche les da resguardo seguro a su incógnita misión, observan felices al anciano; ven con que esmero y sencillez se desenvuelve; con que seguridad y sabiduría mueve un pie detrás del otro. Suficiente por hoy sucumben al sueño.

El olor a tabaco de la pipa inunda el vivac y se mezcla con el olor a  sopa con arvejas que en negra marmita se va cocinando. Es la hora de la cena previa al descanso merecido. Plácidamente reposa y los tantos grados bajo cero del invierno no tienen permitido el ingreso. La altura no complica las cosas aunque por momentos se hace sentir.

Los arboles despiertan y uno codea al otro pues había extendido su mano sobre el vivac del anciano y este podía despertar ya. Antes de contraer su brazo lo agita suavemente para revivir el fuego.

Momentos más tarde despierta el viejo, algo despeinado. Junta y ordena los petates. Se hace un té caliente con nieve que derrite, lo último que queda por ordenar es el poncho y el bastón pero para eso falta. Sale y observa las condiciones, que no dejan de ser buenas, es temprano, no hay niebla. Da un paseo corto por el lugar para estirar sus piernas y vuelve a entrar para acondicionar todo. Lo hace y pone nuevamente las raquetas, por lo menos mil metros más debe usarlas. El camino de aquí en adelante se hace empinado.

Los robustos troncos se achucharran por el  frio y las raíces se entierran cada vez más en la nieve. Se hace dificultoso el trayecto. Sumémosle que deben hacerlo ocultos. Nunca dejan de observar su objetivo, nunca dejan de mirarlo. No se pueden permitir el correr su vista, no lo tienen autorizado.

Atravesados los mil metros es hora de sacar las raquetas y poner los crampones pues aquí la nieve se hace hielo ya que es mucho más frio. Algunas rocas sobresalen afiladas. El anciano hace esta tarea cuidadoso al igual que la travesía que queda. Improvisa un arnés con el cordin y un viejo mosquetón sin seguro, de la vieja escuela, lo asegura a la vía, colocada por el  año anterior y revisada por el en el transcurso de este viaje, por lo que la confianza no puede ganar a la atención. Quedan casi mil metros, los más complicados del camino. Y el viejo es ahora quien parece flotar, con un andar pausado. El bastón se hunde poco en el hielo. Los crampones van rasguñando el suelo, dejando marcas y pequeñas grietas en él. Falta menos mucho menos. El aire no le falta al viejo, los años en estos lados lo han inmunizado contra los males de altura.

El viento les sopla al oído y mueve sus cabellos suavemente en señal de apoyo pues están agotados estos árboles que vienen a paso firme. Como en el hilo sus raíces no penetran, saben ellos, lo sabían desde siempre, que los nutrientes no son suficientes. ¿Estarán preparados como creían estarlo? Van encorvados, levantando las raíces como los gigantes lo harían con sus rodillas, su columna aunque no lleven mochila cede a las inclemencias del clima, que, deben reconocer, no ha sido duro.

No falta nada, el corazón del anciano comienza a agitarse ya no por el esfuerzo sino por la emoción. ¡Un año más!… un año menos.

Ya divisa el anciano la cima y a lo lejos, cada vez más cerca, el objeto. Y en sus ojos una lagrima y dentro de ella los recuerdos. Por primera vez en todo el trayecto el frio se hace sentir en el victorioso rostro. Camina, no deja de caminar, ya llega.

Los dos árboles están exhaustos, ya no pueden más y deben poder más. Otros no lo han logrado, otros no han llegado tan lejos. No han superado la prueba y prueba de esto son sus troncos en las laderas. No pierden de vista al anciano y es lo único que en verdad los mantiene vivos. Aunque se crea lo contrario el anciano los va moviendo, involuntariamente, sin saberlo.

Ya en la cima, y en lo alto, el anciano como todos los años desde hace veinte años, prende el fuego. Hay, desde siempre, de piedras una estufa hecha por el, retocada en todos los ascensos. Un banco de madera donde se sienta por un instante. Frente a él una piedra que nace desde lo profundo de la montaña  y en ella un hoyo de medio metro aproximadamente y en el…

Lo arboles recostados en el borde observan la escena, a esto es que han venido, a comprobar que él llegue ahí. Por esto es que se han movilizado. Es necesario el esfuerzo, es necesario. Unas cuantas gotas de sabia, casi congelada se desprende de algunas ramas y satisfacción, aunque falta bajar, pero sienten satisfacción de estar ahí, de ver al anciano, de casi poder tocarlo.

Una pequeña fuente que no se congela, y un pequeño árbol que nunca muere y una foto blanca y negra de una mujer junto a un árbol. Eso es lo que hay en ese hoyo en esa piedra. Eso es lo que año a año desde hace veinte sube el anciano a ver y lo hace en esta fecha por que en esta fecha fue el comienzo. Son los arboles los encargados de proteger al anciano en su trayecto aunque finalmente es este quien motiva en el final a aquellos. Y es uno de ellos el que posa junto a la dama en la foto, uno de ellos que ha muerto. Pero en el hoyo la fuente, el manantial, que nunca perece mantiene cálidas las raíces del árbol que el viejo sembró para resguardo de sus recuerdos, para que al llegar a la cima año tras año, no estuviera solo con ellos, esos de bellos momentos y la tristeza del no rencuentro, por lo menos no en este momento, por lo menos no en este cuento.

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